Marruecos 2002

 

Mi corresponsales especialísimos, Ana y Emilio, en viaje a Marruecos, en Septiembre del 2002, tenían el envidiable encargo, de detenerse en MARTIL, Río Martín para los amigos, recoger arena de la playa mejor del mundo, de la que yo he podido disfrutar, casi en estado salvaje de ambos (playa y yo) en la mayoría de los catorce kilómetros de playa entre Cabo Negro y Cabo Blanco, pasando por Piedra del Santo. Fotografiar Cabo Negro, era un encargo especial. Fotografiar mi pueblo, era lo que más miedo, respeto y curiosidad me producía. Ese fuerte impacto entre lo entrañable y lo desconocido, que puede romper los esquemas  más sólidos, te hace buscar las montañas, los  ríos, todo lo  inalterable, que te ofrece la naturaleza y su paisaje. como pilares sólidos de situación.

       

                 Recogiendo arena en Martil                                                      Cabo Negro (al fondo)                                                 Detalle          

Emilio ha sido mi avanzadilla, a lo que espero algún día no muy lejano, un viaje personal del que tengo tantas ganas, como miedos. Miedo a enterarme de ausencias, miedo a tener que hacerme reconocer, miedo a no poder reconocer. He dejado pasar demasiado tiempo. Otra vez esa falsa sensación de eternidad. He recibido su versión de “paisa”  sobre el viaje, que yo he traducido a la realidad  “hasani”  que comprendo, admito, quiero y en casos lamento. Me ha traído fotos del nuevo MARTIL. Cabo Negro y sus montañas, siguen estando allí, al igual que la rubia arena de la playa. Todo lo demás ha crecido de forma exuberante, es triste no poder haber vivido el pulso del crecimiento, pero entre los muchos dones de los que carezco, también  esta el de la ubicuidad.

Pero para mí, es como ver a un hijo, que ha crecido sin tu vigilancia y de pronto te encuentras frente a él y comprendes que es un desconocido, que ya no es quien fue, y te conformas con distinguir rasgos, gestos, cicatrices, lo que sea que te ayude a comprender que no se trata de un desconocido absoluto, que nunca dejará de ser tu hijo, aquel que yo dejé, ese Río Martín, pequeño y manejable, donde nos conocíamos absolutamente todos. Y mi vestuario se reducía exactamente a un pantalón y una camisa. Ni zapatos, ni ropa interior, ni reloj, ni monedero, ni documentación. Por las mañanas el bañador y una toalla.

La mejor crema antisolar es la arena, con la que puedes si quieres llegar al 100% de protección. Me encanta la fidelidad de las montañas y las rutinas cambiantes del mar y su carácter. Siempre son iguales, siempre han estado ahí, y seguirán después de haberte ido. Pueden cambiar los pueblos, los regímenes dominantes, el Rey. Pero las montañas seguirán, pidiéndote que no te vallas, porque esa es tu tierra.

 

                                                                   Al desierto        (Morzouga)                    A las dunas                                Calle de Chauen  (con turistas)

 

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